Existe una isla de marionetas, gobernada por piratas y habitada por pinochos sin vida, donde la vida es un juego, un juego de baile. Cuando ese baile sale mal, las marionetas se ponen tristes, y cuando están tristes sueñan menos y piensan más, en el suicidio por ejemplo, lastima que vida nunca han tenido. A pesar de eso, hay unos cuantos que aprendieron a andar de diferente manera, de una manera mejor, aquellos excéntricos que entre libros, música y besos han sabido ser felices, pero felices sin vida. Un día el Rey Pirata se entero de la existencia de aquellos 'locos no tan locos', él no podía aceptar que unos cuantos muebles narizones fuesen por sus tierras brincando y cantando como si la vida aquí se tratara de sonreír y no de llorar, los mando a matar a todos, todos murieron, murieron sin tener vida, pero murieron sonriendo, aunque en su rostro tenían una expresión de miedo, ese miedo a la muerte, los pobres nunca se acordaron que no tenían vida. Después de eso la isla se volvió gris otra vez, y los pinochos siguieron callados como antes, llorando a media noche, odiando piratas, maldiciendo la existencia de aquellos perros con parches y patas de palo. Ya nadie cantaba, y nadie brincaba, y todos eran más tristes que antes. Para el Rey pirata no era suficiente con el sufrimiento de las marionetitas, necesitaba algo más, así que ideó un plan junto a sus amigos pata de palo, para no sólo hacer sufrir, sino también burlarse del sufrimiento. <<Asquerosos seres, hijos de puta, o de Geppetto, que viene siendo lo mismo, me siento con la responsabilidad de avisarles que a partir de mañana todo aquel que quiera vivir en estás tierras, tan bellas por cierto, tendrá que pagar una cuota de 15 pesos, diarios>> Dijo mientras reía a carcajadas mostrando aquella dentadura de oro con un brillo descomunal como el del sol. <<Pero sí sólo ganamos 5 pesos al día>> respondió una marioneta entre la multitud. <<A ver ¿quién dijo eso? Por favor suba, y repítalo, para que todos podamos escucharlo mejor>> Nadie se atrevió a subir, tenían miedo a perder algo que nunca tuvieron. << Señores, ciertamente ustedes no está para saberlo, ni yo para contarlo, pero ese no es asunto mío, ustedes me consiguen el dinero, o habrá consecuencias muy graves, eso es todo, pueden largarse a seguir trabajando>>. Al día siguiente aquella "valiente" marioneta que alzo la voz, vio el amanecer sin verlo, amaneció muerta. Alguien la había vendido por un día de paga. Tan Judas, la pobre marioneta Pinocha, con tan poco sentido marioneto, con tan poco amor por su raza, ¡una lastima!. La vida siguió, las marionetas tuvieron que sacar sus ahorros e irlo perdiendo poco a poco con el pasar de los días. Así pasaron varios siglos, y la vida monótona estaba cada vez más gris. El Rey pirata se había vuelto más viejo, y muchos amigos pata de palo ya habían muerto, cansado pensó que tenía que haber un cambio, pues hacer sufrir y burlarse del sufrimiento ya no era tan divertido como antes, así que le declaró la guerra a la Isla vecina, la isla de los muertos vivientes. En aquellos años corrió mucha sangre y astillas, había cabezas y madera por todos lados, El Rey Pirata murió a manos de el comandante de la muerte, murió riendo, ese era el fin, un fin planeado. Después de su muerte, las marionetas pararon su ataque, ellos jamás habían querido pelear, sólo obedecían las ordenes de su Rey, pero su Rey ya estaba muerto. El comandante de la muerte era más sensato, y comprensivo. Declaro finalizada la guerra, y abandono junto a sus tropas la Isla de las marionetas. Tres días después hubo elecciones, y el Reino se convirtió en República, una marioneta a las orillas del mar se atrevió a reír, y después todas rieron, ahora el gris era azul, el gris era verde, amarillo, rojo, era todo menos gris. Las elecciones las gano el hijo del Rey Pirata, y todos volvieron a llorar por las noches, llorar tanto como odiaban, aunque en el fondo llorar era algo que les gustaba.
¡Bienvenido sea nuestro presidente hijo del Rey Pirata! adornaron la plaza principal con su nombre. El hijo del Rey Pirata no era tan malo como su padre, la cuota la redujo a 2 pesos, comprometiéndose a crear más calles, más plazas, escuelas, y hospitales. Nunca hizo nada. Ni bien, ni mal, sólo vivir como Rey. La falta de miedo, dio inicio al nacimiento de nuevos excéntricos, de mentes brillantes, nació el arte, había marionetas que esculpían y otras que pintaban, unas que cantaban y otras que bailaban, nació la era de la felicidad. Las calles se llenaron de gente que brincaba y sonreía sin temer. Los pinochos ahora tenían vida, una vida real. Por lo menos en el cuento de su mejor escritor, Sir. Pinocho Wilde.
Porque la felicidad siempre fue un cuento, el refugió del llanto, y la tristeza de un pueblo muerto, muerto y callado, que es peor que estar sólo muerto. Un pueblo sin rebeldía, con miedo a ser rebeldes, con noticias de rebeldes muertos, que triste es mi pueblo, aunque mi pueblo siempre fue bello.
